
NUM. O Julio 2026

EL VIEJO DEL HUACAL
POR JULIA PALAFOX
El otro día en la combi, camino a casa, se subió un señor ya mayor, con una barba tupida blanca y poco cabello del mismo color. Se sentó frente a mi asiento — asiento de todos—; cargaba botes llenos de miel en un huacal azul marino de plástico. Parecía no haber vendido mucho. Tomó la combi en Capuchinas como a las 3 de la tarde; supuse que merodeaba por el centro desde temprano.
Frente al viejo del huacal, con los audífonos puestos, mi paz fue interrumpida por un eructo de esos que sólo liberas cuando ya hay mucha confianza. Levanté la cabeza sólo para comprobar que el sonido provino de la boca de aquel sujeto abyecto que se encontraba frente a mí.
Injustamente tal vez, si no se tratase de un viejo barbón y con poca higiene, sino más bien de un joven apuesto, bien aseado y vestido de traje, aquella escena nos hubiera parecido menos repugnante. Después de aquel estruendo que dejó mudos a todos los presentes, la pobre señora sentada a su lado intentó —fallidamente— alejarse de él. Aunque lamentablemente presenciamos aquella escena unas quince personas, algunos empáticamente nos hicimos los del oído gordo.
Segundos después de observar todo lo que pasó y de permitir que el recuerdo habitara en mi mente unos momentos más, llegué a la conclusión —producto de mi divagación— de que tal vez llevaba queriendo eructar desde hacía ya algunas horas y, por más que lo intentaba, no podía, siendo esta la razón por la cual cometió este acto tan atroz en un lugar público y cerrado del que nadie podría salvarse.
También me puse a pensar en la posibilidad de que no hubiera recibido una "educación formal" y que para él fuera completamente normal despedir sus gases internos en lugares públicos; si nadie le enseñó en casa, ¿quién más lo haría? Bueno, tal vez la señora que lo miró feo todo el camino de regreso a casa.

