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CANDOR: TEXTILES ARTESANALES

Texto: Emma Monroy
Fotografía: Leonardo Palafox

Antes de este recorrido, nunca me había puesto a pensar detenidamente en cómo se hacen las telas; habituada a pensar más en la confección de la ropa, como que daba por hecho la existencia de la tela. Es viernes, estamos en Pátzcuaro y un sol luminoso nos acompaña en nuestra primera visita a Candor. Al cruzar la puerta, lo primero que vimos fue el telar de pedal y a Juan tejiendo detrás de él. Trabajaba en una pieza y mientras lo hacía, nos contaba cómo se había iniciado en el oficio. Yo lo escuchaba y veía cómo sus pies y manos se movían con una cadencia hipnótica. Tejer en pedal parecía sencillo, pero estoy segura de que si me sentara detrás de él, sería incapaz de tal coordinación, al menos no en el primer intento. El telar de pedal es una máquina antigua. Un aparato robusto hecho de madera y de ingeniosa complejidad, en donde se anudan muchos hilos que después se tejen entre sí, al ritmo de las manos y pies de los tejedores. El registro más antiguo de uno data de 1733 en Inglaterra y el invento se le atribuye al tejedor John Kay, quien adaptó los telares manuales, que existen desde tiempos inmemoriales, a un cuadro de madera al que se le podían anudar muchos más hilos y con el que fue posible crear tejidos más grandes. En el recorrido por el taller vimos 4 telares, de diferentes tamaños. Pero el principio de su funcionamiento es el mismo, la coordinación del tejedor para mover los hilos . El telar, nos cuentan los otros tejedores, es como una extensión de ellos, cada uno se acopla al suyo de una manera muy personal. Y así como a un instrumento musical, antes de usarlo hay que amansarlo, familiarizarse con él para encontrar su ritmo. Para tejer en el telar basta una persona, pero se necesitan 5 para colocar la urdimbre, que es como se le conoce al acto de anudar los hilos al telar y la labor puede durar hasta 3 horas. Los hilos que se usan son de algodón, la fibra natural que le quitó la rigidez a las vestimentas y tornó lo áspero en tersura. Su suavidad se intuye desde que la flor se marchita y en su lugar brota un capullo blanco como algodón que cubre las semillas. Antes de que esta planta irrumpiera en la industria textil, la ropa se hacía de lino, cáñamo o lana de oveja. Frente a ellas, la suavidad del algodón se convirtió en un objeto de lujo. Después de tejer la tela, ésta pasa al área de corte y confección; aquí son principalmente las mujeres quienes detrás de sus máquinas de coser siguen los patrones de diseño con los que la tela se convierte en prendas para vestir o decorar la casa y otros espacios. Salimos del taller y cruzamos la calle para conocer el lugar donde se exhiben las piezas acabadas. Una sensación de delicadeza nos abraza al tacto y a la vista. El efecto viene del algodón ¡claro!, pero también de haber conocido una forma primigenia de crear prendas. De la constatación de que hay tecnologías que llevan siglos funcionando y la única innovación que necesitan es que el conocimiento del oficio persista generación tras generación.

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