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NUM. O  Julio 2026

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EXPEDICIÓN CADAVER
POR SALVADOR MUNGUÍA

El año 1994 es muy significativo en la historia contemporánea de México. Comenzó con el alzamiento del EZLN el día en que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio. Era el último del sexenio de Carlos Salinas, cuando todo su teatrito -y el país- se vino abajo. El 23 de marzo vino el estallamiento de una crisis política, social y económica con el asesinato de Colosio, luego llegó la devaluación del peso y el país se sumió en una profunda crisis económica. En abril de ese mismo año, Kurt Cobain, uno de los ídolos de nuestra generación, se pegó un tiro a media maceta. Uno de los eventos más afortunados de aquel convulso 1994 fue el Mundial en Estados Unidos. Para entonces ya habían pasado tres mundiales desde mi llegada a la tierra: España 82, México 86 e Italia 90, de los cuales tengo pocos recuerdos. En cambio, en el verano del 94, ya era un adolescente ignorante, fastidioso, vago y chaquetero, dopado de sueños, entre ellos, convertirme en futbolista profesional. Durante aquella época, mis padres no peleaban tanto, sonreían seguido y, a pesar del desastre y las penurias económicas, laceraba el sentido del humor y una extraña felicidad. Vivíamos en el infonavit El Pipila, un fraccionamiento nuevo, a sólo unas cuadras de la Catedral, un lugar rodeado de edificios de cinco pisos y una cancha de futbol de adoquines en el centro. Los departamentos eran pequeños, los padres mandaban a los hijos a la calle, mantenerlos lejos les producía tranquilidad. Se sabe que los conjuntos habitacionales producen piojos y delincuentes en potencia, afuera, los pequeños maleantes grafitebamos los edificios recién pintados, nadábamos en los tinacos, jugábamos al futbol y a las canicas, fumábamos a escondidas. Con las chicas éramos impertinentes, peleábamos entre nosotros y buscábamos pleito en los barrios vecinos. En aquel Mundial de junio de 1994, las retas se armaban día, tarde y noche, sin importar las lluvias del verano y la inundación en la cancha de adoquines, o la opaca luz del alumbrado público al anochecer. Se jugaba hasta que nuestras madres salían con el cinturón en la mano o cuando un vecino nos aventaba a la tira. Nosotros jugábamos nuestro propio Mundial. Cuando jugaba la Selección Mexicana, y como si se tratara de un ritual, los partidos los veía exclusivamente con mi hermano, nadie más. No soportábamos interrupciones ni invitados. Ambos debíamos ocupar ciertos espacios de la sala a manera de cábala, las cuales funcionaron en la victoria contra Irlanda y el empate frente a los italianos. La fortuna terminó el día que mi padre apareció en casa con patitas de puerco y cervezas para ver el único partido con nosotros. Mi hermano y yo no supimos qué hacer, nos miramos a los ojos, alzamos los hombros y nos valieron las conjuras que hicimos durante la primera fase. El resultado: Bulgaria dejó en el camino a México en octavos de final a través de los penaltis; la tragedia. El futbol, como la vida, también es un acto de fe. El Mundial continuó y la fiebre por llenar el álbum Panini desató la locura. La mayoría de estampas las robábamos en el puesto de periódicos de la calle Madero esquina con Cuauhtla o en los puestos del mercado Santo Niño. Romario, Baggio, Laudrup, Fredy Rincón, Jorge Campos y Maradona eran estampas más preciadas que un billete devaluado de cien pesos. Echar cascarita luego de ver los partidos de la Selección Mexicana nos mantenía inspirados y fuertes, todos queríamos ser Ramón Ramírez, el Brody y Luis García, pero sobre todo, no mantenía entretenidos, alejados de andar quitando las polveras de las llantas a desconocidos o enamorados que merodeaban a las chicas del barrio. Un día, poco antes de terminar el Mundial, mi padre llegó con una maquinita para cortar el cabello. Afuera del departamento colgó un letrero que decía: “Cortes gratis estilo del Cadáver Valdez”. Mi madre pensó que mi padre se había vuelto loco. Sobre el Cadáver Valdez no sólo había sorprendido su polémica convocatoria, sino su titularidad ante Noruega. Además de su limitada capacidad técnica, saltó a la cancha con un corte de cabello a lo Travis Bickle, el personaje que encarna Robert de Niro en Taxi Driver, aquel ex marine solitario, deprimido y loco. Por extraño que parezca y, ante la negativa y enojo de mi madre, el timbre del departamento no dejó de sonar durante un día entero. Los amigos y vecinos formaron una fila india, como si de una expedición a la guerra de Vietnam se tratara. Ni mi hermano ni yo nos salvamos de traer la cabeza cercenada a lo Cadáver Valdez. El 17 de julio se jugó la final entre Brasil e Italia, considerada la peor final de la historia de los Mundiales. Nos sentamos frente al televisor mis padres, mis abuelos, mi tío Juan, mis hermanos y yo. Comimos pollo rostizado y tomamos mucha cocacola. El partido fue una decepción, el catenaccio no sólo era el sistema de los italianos, los brasileños parecían contagiados planteando un juego temeroso, aburrido, mecanizado, torpe. Cero a cero en ciento veinte minutos de suplicio. Una final que se definiría en penaltis. Amontonados, con el calor dentro de un condominio a mediodía, despertamos del letargo para ver la tanda de penaltis. Baresi, falló, Márcio Santos, de Brasil, no se quedó atrás y también falló. Albertini, Romario, Evani y Branco hicieron goles dejando el marcador 2-2, Massaro falla y Dunga acierta, 3-2 y quinto penal para Italia. El turno ahora era  para Roberto Baggio, el mejor futbolista del planeta en ese momento. Il Divino emprendió carrera hacia el balón, pero su remate sale desviado por encima del larguero. La última imagen que conservo de aquella tarde calurosa es de nostalgia: será la única y última vez que veremos un Mundial juntos, todos juntos. Ante el tropiezo, Baggio permanece confundido unos segundos sobre el punto de penalti, apoya las manos en la cintura y mira al frente, implora algo, después agacha la cabeza y se desploma llorando en el césped, descontrolado, sobrelleva la peor de las tristezas. Campeón Brasil. Fin del mundial. Fin de una época.

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