ESPÍRITUS BOTÁNICOS
- Monserrat Sánchez

- 25 mar
- 2 Min. de lectura
Texto: Monserrat Sánchez
Ilustraciones: Christian Díaz
Antes de ser cerveza, café, ron, charanda, mezcal, vino o chocolate, las bebidas espirituosas fueron plantas. Aunque técnicamente la espiritualidad está ligada a cierta graduación alcohólica, consideramos que dejar fuera al café, al chocolate o los tés, sería olvidar que bajo sus efectos, también hemos conocido la felicidad. Así que aclarado el asunto del alcohol, hablemos de las plantas.

Podríamos decir que la domesticación de las plantas también ocurrió de modo inverso y que al permitirnos jugar con la selección de sus semillas en busca de ejemplares con ciertas características, ellas también nos fueron domesticando, sacudiéndonos lo salvaje para darnos un orden civilizatorio. Los ciclos de su cultivo generaron una nueva concepción del tiempo y nos dieron calendarios, el intercambio de productos que de las plantas provenían sentaron las bases del comercio y la regionalidad de algunas de ellas nos dio identidad colectiva. Así, a grandes rasgos, podemos afirmar que la vegetación de un lugar determina muchas formas de su cultura.
Nuestra relación con lo divino por ejemplo, ha estado definida por el entorno natural. Las primeras religiones le otorgaron a sus dioses un misterio vegetal y las plantas son parte de la iconografía sagrada. El agave está vinculado con Mayahuel, la diosa del pulque y la fertilidad, las uvas son el símbolo de Baco, el dios romano -y antes griego- que descubrió el vino y enseñó su cultivo a la humanidad; las fiestas en su honor, dieron origen al teatro. Ninkasi es la divinidad sumeria de la cerveza; el primer texto sobre la elaboración de este fermento y su receta, están dedicados a esta diosa.
Pero para que una planta pase de su materia vegetal a una líquida, se requieren muchos pasos previos y tierra fértil; manos que seleccionen las semillas y cuiden su germinación, que las nutran en su crecimiento y protejan de enfermedades sin contaminar la tierra y de paso a nosotros. Manos que sepan cosecharlas y recolectarlas, que conozcan el oficio de la extracción y posean un espíritu que sepa esperar el momento en que las plantas estén listas para entregarnos sus bondades líquidas.
Profanar su espíritu con la aceleración artificial nunca traerá recompensa. Cultivar una sola variedad de plantas limita la experiencia de sus sabores. La embriaguez de la velocidad traerá pena y la monotonía del sabor aburrimiento y desgaste de suelos.


La embriaguez, dice el escritor Antonio Escohotado, “a veces es una experiencia religiosa”, bajo su influjo, más de una persona ha sentido que se le revelan los misterios de la vida. El café; el buen café, lejos de ponernos locos como cabras, nos da lucidez y agilidad de pensamiento, por algo, muchos empezamos el día con él, mientras que el chocolate es apapacho para el corazón, metafórica y literalmente, pues contiene antioxidantes que regulan la presión y flujo sanguíneo. Pero esos efectos de lucidez y embriaguez sólo ocurren si se respeta la sacralidad de las plantas, no porque creamos, o sí, en su divinidad, sino porque en ese acto, honramos gran parte de nuestro legado como humanidad.




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